El Partido Acción Nacional ascendía posiciones. Se había convertido en el partido al mando de manos de Vicente Fox Quesada. El nuevo milenio traía un cambio aparentemente drástico. Las filas priístas lloraban la derrota de Francisco Labastida, quien será recordado como el primer perdedor y quien entregó lo que la élite política más anhela: el monopolio del poder.
En ese momento no comprendía del todo lo que estaba sucediendo. Y aquí estoy 10 años después, analizando “el cambio”, el cual no existió. Dos presidentes panistas ha tenido este país, los cuales se convirtieron en lo que tanto criticaron, y que poco se acercan a lo que se esperaba. ¿Cuál es el pretexto ahora?
Las paredes se pintaron de azul tapando el verde, blanco y rojo, el lugar lo ocupó un hombre cuyo único merito era ser simpático, un hombre que creyó que manejar un país era lo mismo que manejar una empresa y que, sin embargo, se hace extrañar cuando se ve lo que se tiene ahora.
Felipe Calderón, el hombre que prometió que mediante la continuidad el país crecería, y al que ahora sólo le pedimos que nos deje como estábamos. Por desgracia todos los partidos políticos del país son exactamente lo mismo. Lo que necesitamos que cambie es la élite política en general, implementar un nuevo concepto como forma de gobierno: ética.
México necesita cultura en todos los sentidos. Llenar el país de dinero nos hará felices por cierto tiempo, pero llenar el país de cultura nos dará una eternidad de satisfacciones. Los grandes cambios empiezan por pequeños movimientos.
De frente al 2012, las esperanzas puestas en el PAN se han apagado, el pueblo mexicano siente antipatía por su política, en la cual más que actor es espectador. Los mexicanos estamos hartos y hemos tirado la toalla. El cambio de partidos se redujo a un cambio de colores, que como ciudadanos no nos sirve de nada.
A.P.M.G. Estudiante de Economía de la UAM-Xochimilco.
Agradezco íntimamente el artículo de mi amiga Pau.
Jg S.


