LA gran tarea
Llegaba de viaje. Justo estaba bajando del camión cuando me sorprendí al ver el tipo de gente que habitaba en ese pequeño pueblo. No era gente como la que yo estaba acostumbrado a ver; era gente que parecía sumisa, sin decisión, manipulable, poco risueña; se veía infeliz; sin ganas. Al bajar junto con más gente que venía desde el principio del viaje en el mismo autobús, sonreí a una señora de edad, ésta, no hizo gesto alguno, su seriedad era tan grande que fue muy fácil imponer mi mirada a la suya. Caminé sin más al paradero en donde tomaría el colectivo que me llevaría a mi destino final: la casa de un gran amigo que me había pedido verme urgentemente. Tomé el bus que me trasladaría a la casa de mi amigo. Aún recuerdo que era la ruta 9B la que me llevaría a la comunidad de San Ahuacatlán. Durante todo el transcurso del viaje observaba los sembradíos, la gente que estaba tan concentrada en sus trabajos, los choferes que no eran nada amigables; todos estaba en lo suyo. El silencio de la calle era mayor que el silencio de la media noche. Tan era el silencio que el motor del camión parecía una turbina de avión. Después de pensar y reflexionar sobre lo que veía, me dirigí al chofer
-Buenas tardes, ¿sería usted tan amable de avisarme cuando hayamos llegado a la calle de Pensadores? Me dijeron que estaba cerca de la iglesia de San Ahuacatlán.
El chofer sin más, asentó con la cabeza y dijo en un tono frío:
-sí, ya falta poco para llegar.
El camión siguió avanzando con las tres personas que íbamos en él. De pronto, un chivo salió corriendo de una casa que estaba a un costado de la carretera de terracería, haciendo que el chofer frenara repentinamente y los que íbamos a bordo del camión jaloneáramos como una piñata. El ruido que hizo ocasionó que varios niños salieran de las casas para ver qué sucedía. Seguimos avanzando sin contratiempos. Mientras nos alejábamos, seguía con mi mirada a los niños que habían salido. Los niños estaban descalzos, sus ropas desgastadas y llenas de tierra. Pero me sorprendió más el no ver adultos por las calles; y me pregunté:
-¿a caso no habrá adultos en las casas a estas horas?
Justo estaba pensando en las condiciones de los niños y la usencia de los adultos en las calles, cuando una voz fuerte y grave acompañada de un ruido de escape de aire característico de los camiones, dijo:
-iglesia de Ahuacatlán.
Sin pensar más y temeroso de que siguiera más adelante, me bajé rápidamente con mi única maleta que llevaba, pues tenía planeado quedar no más de 2 días allí. Me dispuse a buscar la dirección: calle Pensadores # 21 A, Col. San Ahuacatlán. Después de caminar poco más de 3 calle llenas de tierra, llegué a una puerta de madera con un letrero en el que se leía: Pensadores 21A. Corroboré la dirección y toqué con una piedra que encontré en el suelo. Parecía que los toquidos molestaban a los perros, pues no dejaban de ladrar. A tres casas de donde tocaba, se asomó una mujer; no supe distinguir si era niña o señora, pues se asomó temerosamente y sólo pude verle su cabeza.
Estaba en eso: tratando de distinguir la edad de la mujer que asomó la cabeza, cuando abrió la puerta Elim, mi amigo.
Elim me recibió con mucho gusto y un fuerte abrazo, pues hacía varios años que no nos mirábamos.
-¡Qué gusto verte César! – me dijo - . Pasa, anda, preparé algo para comer.
-Muchas gracias
-¡Dame tu maleta, descansa, toma asiento!
Mientras calentaba la comida, me preguntaba del viaje. Llegamos a una parte en la que le comenté
-¿Sabes lo que me llamó mucho la atención?, esa falta de interés de la gente; la apatía con la que viven.
-Justamente de eso tengo qué hablar contigo- contestó Elim-. Esa falta de interés, esa apatía que caracteriza a los habitantes de Ahuacatlán, es lo mismo que me llamó la atención cuando llegué a vivir aquí, hace 6 meses aproximadamente.
-Pero ¿por qué son así?- le pregunté con asombro-.
-Es toda una historia César- me respondió encendiendo un cigarrillo.
Después de pedirle me la contara, me dijo que estaríamos más cómodos afuera, sentados debajo del árbol de limón que estaba en el patio. Salimos, nos sentamos y empezó la historia.
-Fíjate que cuando llegué, me sorprendí, igual que tú, al ver tal comportamiento de las personas: apáticos, serios, fríos; no hacen otra cosa que trabajar, trabajar e ir a misa; los niños pasan casi todo el día solos en casa. Don José, a quien la mayoría lo conoce como “Don Pepe”, es quien me contó porqué pasa esto. Elim comenzó platicarle lo que recordaba de la historia de “Don Pepe”
“Don Pepe me dijo que, hace muchos años, cuando él era niño, Ahuacatlán era de un cacique; éste explotaba a la gente de aquí, pues toda sin excepción trabajaba con él y para él. Las condiciones eran deplorables; hasta que un día se organizaron y revelaron en su contra. Exitosamente lograron que el cacique saliera de aquí y dejara las tierras para ellos. Después de esto, los habitantes eran felices, había abundancia de alimento, reían, había armonía entre vecinos; pero todo terminó poco a poco cuando algunos se fueron apoderando nuevamente de Ahuacatlán, veían su propio beneficio antes que el beneficio de todos. Las personas que vivieron en aquel tiempo , fueron muriendo, quedando solo unos pocos, como él. Ahora, quiero confesarte –me decía Don Pepe cabizbajo- que las condiciones son peores aún, ya ni siquiera hay trabajo para todos; el que tiene trabajo es mirado con odio, recelo, coraje; los vecinos rara vez se saludan, los niños no juegan, salen a las calles con miedo… No es posible que ahora los jóvenes no hagan nada por cambiar su triste realidad, y no es porque no quieran, sino que están tan acostumbrados a vivir así que para ellos todo esto es normal. Están tan ocupados en su trabajo, porque el que no trabaja no come, es así de sencillo y cruel. Son día con día más egoístas, no piensan en el bien para la comunidad; mientras ellos estén bien lo demás no importa; lo malo es que ni siquiera ellos están bien. Ahora ya nadie tiene tierras propias, todas fueron vendidas y ahora salen a trabajar a las fábricas que les pagan sueldos míseros… Así es que tú muchacho , que tienes poco de vivir aquí y te das cuenta de las cosas, anda, ve, diles lo malo que estamos; diles cómo son las cosas; diles que esto no es normal…
Así es que César- me dijo Elim-, quiero que me acompañes a esa gran tarea.
Después de mirarlo seriamente a los ojos e imaginando todo el trabajo y labor que implicaba tal compromiso, le tendí la mano y le dije:
-vamos, te ayudaré.
-Quisiera que me acompañaras a la casa de “Don Pepe”, quiero que te conozca y sepa quién me ayudará.
.... continuará
